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Un día en el instituto

A las 8 30 empieza la primera clase y lo primero que hago es pasar por mi taquilla y coger los libros que voy a utilizar en las tres primeras horas. Paso por la sala de las taquillas, saludo a mis compañeros, suena el timbre y me meto en clase. Ahí empieza mi pequeña odisea.
A primera hora todos están medio dormidos, pero en cuanto se habla del próximo examen o de los deberes todo el mundo parece sacar energías para protestar y ya están más que despiertos.
Siempre hay tres o cuatro chicos que llegan tarde por sistema y cuando les dejas entrar, empiezan a causar alboroto y parece que es otra clase, mucho más ruidosa. A mi clase vienen unos 35 alumnos. Entre ellos, hay personas responsables y trabajadoras, tres o cuatro casos, que se sientan delante para escuchar mejor, personas insolentes sin ganas de trabajar, que van allí a reírse y charlar, unos 20, y casos muy graves de indisciplina y faltas de respeto al profesor, unos 10-12 de promedio. La mayoría han repetido curso, y otros han tripitido, otros están ahí por imperativo legal, porque ya no pueden repetir más veces.
Cada día me resulta más difícil dar la clase con ellos. En estos años he sufrido a diario amenazas, insultos, maltrato psicológico, violencia... Saben que no soy una persona violenta ni autoritaria, y esto dificulta mucho mi trabajo. Todos los días tardo unos veinte minutos solo en conseguir que se sienten en su sitio y saquen el libro. Cuando digo la famosa frase “abrir el libro por la página.... “, ya sé lo que viene a continuación: un aluvión de quejas, insultos, gritos, desprecios. Miro sus caras y me dan ganas de dejarlo de una vez. Me miran con odio, no soportan hablar de la asignatura, les parece un suplicio mi clase y el temario. Tengo que explicar la lección, pero me interrumpen a cada momento para no avanzar, para decir luego que no se puede hacer un examen de ese tema porque no se han enterado en clase. Intentan hablar más alto que yo de sus conversaciones íntimas: así los que tienen algo de interés no me pueden oír. Hay tres o cuatro pesados que quieren asumir el protagonismo, se atreven incluso a salir a la pizarra, quitarme la tiza de la mano y decir: “ya lo explico yo”. Otros vienen en grupo a mi mesa y me quieren hacer preguntas tontas que no vienen a cuento. ¡Es tu obligación aclararnos las dudas, para eso te pagan! Dan un puñetazo en la mesa y me gritan. Y les encanta darme su opinión abierta sobre mi forma de vestir y mi vida privada.

Lo que más les divierte es crear un escándalo a mi costa para ver cómo reacciono. Les gusta el espectáculo y las emociones fuertes. Han probado de todo. A veces cuando entro me tienen preparada alguna sorpresa: una sesión de aplausos continuados que duran quince minutos, silbidos... esto me costó alguna bronca del equipo directivo. Cambiar completamente la distribución de las mesas, ponerlas todas atrás, o en círculo.... Cantar una canción todos al unísono... hacer eco de mi voz todos a la vez, y repetir cada final de mi frase en forma de eco en distintos puntos de la clase, jugar a paella...

Diez minutos antes de acabar la clase, ya empiezan con la cancioncilla: “Déjanos salir. Déjanos salir.”, a pesar de que saben que está prohibido. Al final suena el timbre, y salen dejándome con la palabra en la boca. Todavía me quedan cinco clases más y ya estoy agotada. La siguiente clase es un grupo de alumnos llamados “diversificación”, hay chicos con verdaderos problemas, hiperactividad, historial de expulsiones... Esta clase algunos días es un circo. Soy su tutora, y los veo dos o tres horas diarias. Solo de mirarles me agoto y me pongo muy nerviosa. No paran y no son capaces de escuchar. No pueden estar callados cada uno de ellos más de un minuto. Creen que montar en monopatín, meterse mano y darse besos de tornillo, tirarse pedos, jugar a las cartas y hablar de porno es normal en una clase. A veces se sientan en la mesa con los pies en la silla, miran lo que pasa al otro lado de la ventana y chillan cuando pasa alguien.
Pero lo peor son las evaluaciones. El día que tengo que decirles las notas de su examen, paso verdadero miedo. Y luego, en la junta de evaluación, sé que van a venir unos delegados de cada clase y me van a criticar duramente, culpándome de su fracaso escolar.

Después de estar con ellos algunos días, salgo de allí con un fuerte sentimiento de impotencia, de que lo que hago allí no vale nada, y que me he equivocado de profesión. ¿Para qué me sirve la carrera si lo único que funciona con ellos es ser vigilante de seguridad y saber meter miedo? Y si eres joven y mujer, mucho peor. Al principio de cada curso adelgazo varios kilos y a partir de la segunda semana no aguanto sin pastillas. Hablando con mis compañeros, resulta que muchos llevan en su bolso Lexatín (un antidepresivo y relajante). Personas trabajadoras que no han hecho mal a nadie. En mi centro hay 15 personas en tratamiento psiquiátrico (entre ellos 7 están de baja por depresión) y otras tantas con la medicación.

Jugar a paella:  a todas las personas se les asigna un ingrediente de la paella: gambas, pollo, arroz, mejillones, etc. Cuando se dice en voz alta un ingrediente, las personas que lo representan se levantan. Cuando se dice “paella”, se levantan todos.

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